





El comienzo de su construcción tuvo lugar durante el episcopado de Don Iñigo Manrique (1486-1496), quien trasladó la Parroquia desde la Iglesia de Santa María de la Mota, que estaba junto al Castillo y había quedado pequeña, hasta este nuevo lugar que se convertiría en el centro neurálgico de la población. La obra se inición por la cabecera, cuya bóveda del presbiterio lucía en tiempos una clava central de madera con un escudo que R. Ramírez de Arellano adjudicaba erroneamente al Obispo Don Alonso de Manrique (1517-1523).
Hoy no se conserva en su lugar original, pero si en la estancia que actualmente es antesacristía encima de la puerta de comunicación con la sacristía, pero pertenece al Obispo Don Bernardo de Fresneda (1572-1577), tal y como se confirma más adelante en el comentario del visitador general del Obispado.
Pero tal y como fue concebida en principio la Iglesia acabó resultando pequeña para la población y así consta en el informe del visitador general, realizado en 1579, haciendo ver <<que es necesario agrandarla y para este efeto conviene que la vea el maestro mayor si será mejor azer un arco más a uno de dos lados a la parte de la plaza o de la otra parte alargarla por la parte del coro, y

Parroquia de San Bartolomé de Montoro
esto parece que tiene inconveniente porque el coro es bueno y nuevo, que ha costado más de mill ducados de madera y hechura>>.
Por este motivo, en 1581 es llamado Hernán Ruiz, maestro mayor, para que viera la traza con un objeto de añadir una nave, obra que no se ejecutó, pues en 1590 se sigue insistiendo en que la iglesia era pequeña para el pueblo. Para hacernos una idea de como era el templo en tal año, conviene incluir el informe del visitador que reza así: <<Ansimismo visitó el cuerpo material de la dicha yglesia que hera de tres naves de cantería labrada de piedra de muelas de tiendas de barberos con buenas basas sin labra e molduras. La capilla Mayor ansimismo hera de cantería de la mesma. El techo de bóveda de cantería labrada con molduras e lazos con sus piñas filateras doradas y las armas de la buena memoria del Obispo Don Fray Bernardo de Fresneda, y a los lados en los testeros de las naves colaterales había otras dos capillas de cantería de bóveda con molduras e lazos sin filateras. El techo de la nave mayor hera de madera labrada de pino de armadura y lazo con su tablazón con unas piñas doradas a trechos y los techos de las naves colaterales heran de ladrillo con tabla [...] La tribuna del coro era nueva de tablazón e madera labrada bien acabado sobre la puerta de poniente, y al medio día está una puerta principal que sale a la Plaza. La sacristía es quadrada aunque pequeña en el hüeco de la Torre que no está acabada la dicha Torre. Tiene una gran ventana de rexa que sale a la plaza [...] >>

En el mismo año consta que se había hecho la escalera de caracol que sube a la Torre, según traza del maestro mayor, Juan de Ochoa, y fue realizada por el cantero Pedro García vecino de Montoro. Pero vamos a conocer a continuación como este proyecto se fue plasmando en el edificio que hoy conocemos.
El templo tiene planta basilical, con tres naves y cabecera compuesta de tres ábsides: el central, poligonal y los laterales, rectos; cubiertos con bóvedas góticas. Por lo demás, las tres naves -la central más alta y ancha-, construidas con piedra molinaza, están separadas por cuatro arcos formeros a cada lado, apuntados y doblados, con rosca cuadrangular y sencilla, que apean sobre pilares -muy rehechos- con pilastras adosadas en sus frentes que se elevan en la nave para sustentar la cornisa sobre la que descansa las techumbres de madera y, hacia las naves laterales, los arcos fajones que sostienen las bóvedas de arista. Las esculturas que aparecen en la nave central fueron realizadas por Amadeo Ruiz Olmos. La diferencia de altura entre la nave central y las laterales es utilizada

para abrir grupos de tres vanos apuntados, otra de la restauración emprendida por Regiones Desvastadas tras la Guerra Civil Española y que no fue muy afortunada. La iluminación se completa mediante dos óculos, en la hastial de la cabecera y en el de los pies, respectivamente.
En la fotografía de la izquierda podremos observar una de las naves laterales de nuestra Parroquia tras la Guerra Civil Española. Serios daños sufridos por el templo durante la contienda obligaron a una intervención que afectó, no solo a los vanos de iluminación, si no también a la techumbre mudejar de la nave central, de la que solo queda una tercera parte original, que estuvo oculta durante siglos por bóvedas barrocas. A pesar de los deterioros, la cabecera continua mostrando los primitivos pilares, con sus correspondientes basas, así como las bóvedas de terceletes, cuyos nervios muestran un perfil muy apuntado con predominio de escocias que descansan sobre ménsulas y capitelillos, en los que abunda un motivo vegetal típicamente gótico la cardina; además encontramos ejemplares zoomórficos, con cuadrúpedos afrontados en actitud de lucha, y, sobre todo, cabe destacar que, según R. Ramirez de Arellano, las claves lucían florones de madera y en la central, como indicábamos al comienzo, se podía distinguir el escudo de Fray Bernardo de Fresneda, que por su forma parece ser el que se conserva en la antesacristía.
El testero del Altar Mayor ostenta un hermoso arco de medio punto de gran tamaño en piedra molinaza, entre esbeltas agujas, rematado por frondas en su extradós, y con capitelillos de decoración vegetal menuda y basas parciales a distinta
altura de fines del S.XV. A día de hoy solo se ha logrado recuperar una imagen de este primitivo retablo, imagen que se encuentra digitalizada a día de hoy en la Fototeca Pasión por Montoro y que a continuación exponemos. Es una toma de principios del S.XX durante una Novena a la Virgen de Lourdes, observándose en la instantánea una mínima parte de este gran retablo que era la verdadera joya del patrimonio de nuestro templo.

Antiguamente la cabecera albergaba el retablo que fue reemplazado al finalizar la guerra por el crucificado de la Misericordia, procedente de Madrid. Las pinturas murales que decoran las bóvedas fueron realizadas por un artista local después de la guerra. Hoy día hay dos pinturas sobre tabla colgadas en la cabecera del templo que al parecer pertenecieron al antiguo retablo y, junto a ellas, se encuentran dos escudos iguales correspondientes al Obispo de Don Juan de Bonilla y Vargas (1707-1712). Por su forma parecen ser los remates de un retablo que no sabemos si sustituyo al que vio el visitador en el siglo XVI.
Los tres ábsides se comunican entre sí, mediante arcos de medio punto de grueso intradós, mientras que el arco triunfal es apuntado, sencillamente moldurado. También hay que hacer referencia a los arcos tallados en los testeros de las capillas laterales de la cabecera, que sirven de altares que hoy albergan esculturas de posguerra. Las capillas laterales se cierran con bóvedas de terseletes, cuyos nervios descansan en mensulas voldas con cardina o bien motivos animalísticos.
Como rasgo distintivo del mudejar en Córdoba, mencionaremos el marcado contraste entre las
bóvedas góticas de la cabecera, reservadas por su carácter cristiano para el lugar preeminente y la techumbre mudejar de la nave central, de par y nudillo con labor de menado, a base de alfardones mixtilíneos y chillas entre ellos, y en los cabos a veces, aparecen sinos de ocho. Está muy restaurada -dos terceras partes son nuevas- y ostenta tres franjas con lazo de ocho y crucetas macizadas, en las que parecen haberse insertado espejuelas durante la restauración y en los centros penden tres piñas de mocárabe policromadas en dorado. Tiene ocho tirante apermasados y apeados por canes o asnados de perfil lobulado. La labor de menado ha sido policromada en rojo y verde, al igual que el lazo que también aparece en verde. Los papos son agramilados. Como fue habitual, esta techumbre estuvo oculta por bóvedas de yeso barrocas.

Por el contrario, las naves laterales, que posiblemente se cubrieran originalmente mediante colgadizos, como es usual en estas iglesias con techumbre mudéjares, se cierran hoy día mediante bóvedas de arista separadas por fajones de época barroca.
El conjunto se cierra a los pies por medio de coro y sotocoro. El primero está cubierto por una semicúpula sobre las pechinas ornada con fajas. Las dos pechinas lucen pinturas de la misma mano que pintó las del sagrario
y el presbiterio. La portada situada en los piés del templo desapareció al construirse el coro y unicamente queda un grueso botarel; en tanto que la abierta en el muro meridional, atribuida al circulo de Hernán Ruiz El Viejo, es un logrado ejemplo del gótico tardío que da la mano al nuevo estilo renacentista. Así, la portada está constituida por un vano adintelado con el característico marco de galleta, repetido en ejemplares como el de Santa María de Baena y el Convento de Madre de Dios en la misma población, o la casa-palacio de Rodrigo Mendez de Sotomayor, en Córdoba.

Dos esbeltas columnillas sobre altos plintos y basas culminan en bellos capiteles rematados por ábacos octogonales, sobre los que se alzan sendas esculturas de los Santos Bartolomé y Santiago. Un ancho friso con hermosa trasería gótico consistente en tetralóbulos que se van combinando con cuadrados de lados curvilíneos, dan paso a un arco de medio punto rematado en conopio y decorado con frondas en el extradós y una bella imagen
de la Virgen con el niño coronando el tope. El arco va franqueado por airosas columnillas que se elevan hasta el arranque de la cornisa en un esquema de antigua raigambre musulmana. He aquí la reminiscencia del antiguo alfiz. El tímpano alberga una sencilla ventana con dos escudos insertos en coronas laureadas a ambos lados, que corresponderían a la Parroquia y al Obispo Don Iñigo Manrique.

La portada se complementa con un cipo romano, situado a la izquierda, y encima una lápida sepulcral visigoda, colocada en 1756.
La monumental imagen de la fachada meridional de San Bartolomé cerrando la Plaza Mayor de Montoro, culmina con la armoniosa disposición de la Torre en el extremo del templo. De planta cuadrada, fue comenzada en 1548. Según se indicaba al principio el primer cuerpo albergó la sacristía, ascendiéndose por una escalera de caracol, según traza de Juan de Ochoa, por entonces maestro mayor de la Iglesia Catedral, en tanto que el cantero que la llevó a cabo fue Pedro García, vecino de Montoro, entre 1587 y 1590.
Mientras estaba medio hecha fue <<cubierta de texa porque no reciba detrimento el edificio y materiales>>, para lo cual fueron adquiridos cinco pinos. También las campanas -una grande y otra esquilón más otras tres-, hechas entre 1581 y 1585 por Luis de Dueñas, hubieron de esperar a la conclusión de la Torre en una atarazana al pie de ella. Mas en el año de 1610 parece ser que fue necesaria una reparación.
De resultas de la visita a la obra de unos maestros albañiles veedores mandados por el Obispo de Córdoba, hubo de
adquirirse cal y ladrillos <<para la obra nueva que ha de hazer para la torre>>. Nuevamente hubo que reparar el tejado de la Torre hundido como consecuencia del desplome de la pesa del reloj en 1627. Finalmente se optó por hacer un campanario de hierro con cinco campanas. No fue, sin embargo, la última transformación que conoció la Torre Parroquial. En 1807 el Obispo Don Pedro Antonio de Trevilla decidió rehacer los dos últimos cuerpos; obra que duró hasta 1817. Si el primero es prácticamente macizo, salvo el edículo sustentado por columnas toscanas que albergan la imagen de la Asunción y tras el cual se abre una ventana con el escudo de Don Leopoldo de Austria; el segundo, por el contrario está perforado por cuatro nichos en forma de arco de medio punto. Se salva la transición de uno a otro mediante sencilla balaustrada con remates en las esquinas. Cuatro pilastras jónicas en los ángulos contrarrestan la pesadez de los muros, en uno de los cuales, el situado hacia la Plaza aparece el reloj que fue colocado en 1821. El último cuerpo de planta octogonal con cúpula, también perforado por arcos de medio punto que alojan campanas, cobra gracilidad por las pilastras que adornan sus frentes y los remates piramidales.